dijous, 17 de juny de 2010

El Sonido del Silencio


Mis ojos se abren sobresaltados al oír el estridente sonido del despertador; son las 8 de la mañana de un día que empieza, como tantos otros. No he dormido bien. Golpeándome con cada objeto que encuentro a mi paso, adormilada todavía y con un terrible dolor de cabeza, subo la persiana. Llueve. Magnífico. No hay nada más desolador que levantarse y ver que el mundo te recibe húmedo y frío.

Como un día cualquiera, me ducho, tomo café y tostadas, le doy a mi preciosa gata su desayuno especial y me deleito con buena música mientras me visto. Ya estoy lista. Cojo el paraguas y cierro la puerta.
Salgo del portal, abro el paraguas y empiezo a caminar, forcejeando con el viento. Definitivamente, hoy no va a ser un buen día.

De camino al metro, me estresan los coches y sus incesantes pitidos, los gritos, las voces y pasos acelerados de los cientos de personas que caminan a mi alrededor.
Estoy bajando las escaleras cuando escucho los inconfundibles pitidos del cierre de puertas de los vagones mezclado con el ruido de los cientos de pasos que abandonan el tren y se disponen a salir. Acabo de perder un tren. Llego al andén y me siento, saco el libro del bolso y me pongo los auriculares para evadirme de tanto ruido. La cabeza me va a estallar. Dos minutos, llega el tren. Subo y me apoyo en una de las paredes. Leo mientras escucho música, pero mi concentración por evadirme se ve frustrada por la constante entrada y salida de personas. A punto de llegar a mi destino, me acerco despacio a la puerta de salida. El metro se para, se abren las puertas e intento salir sin empujar ni ser empujada. Subo las escaleras, ya huelo el viento lluvioso del exterior...

Apago la música, guardo los auriculares, levanto la cabeza y un terrible escalofrío recorre mi espalda cuando veo que a mi alrededor no hay nadie. No hay coches, ni motos, ni autobuses… ¡nada! Miro hacia atrás, vuelvo al metro… ¡nadie! Mi dolor de cabeza ha desaparecido, debido, seguramente, al sonido ensordecedor de un silencio que desconocía.
Intento pensar, ¡es imposible! ¿Dónde está la gente? El metro venía lleno, ¿dónde se han metido? Sin pensar, empiezo a dar vueltas, corro por las calles gritando, sin más respuesta que mi propio eco. No es posible, ¡no puede estar pasando! No puede haber desaparecido el mundo entero  en un escaso cuarto de hora de trayecto.
Entro en las tiendas, en las casas, todo abierto, todo en su sitio… conecto radios, televisores… silencio, ni rastro de vida. Solo silencio…

Una angustia se apodera de mí y no me permite respirar con normalidad. Me empiezo a marear… todo me da vueltas.
No es posible… no es posible…

Soledad… extraña sensación. Va a resultar ser cierto que somos seres sociables. Mi cabeza empieza a recordar… voces, rostros… tan lejanos de pronto… Recuerdo a mi gata, a todos mis seres queridos, a mis conocidos… e incluso a esa gente extraña, que cada mañana me acompaña en un trocito de mi día, en mi viaje en metro; esa gente que muchas veces no miro, con la que me comporto como si no estuviera. Esa gente desconocida, tan semejante…

Mis ojos se abren sobresaltados al oír el estridente sonido del despertador; son las 8 de la mañana de un día que empieza, como tantos otros. Me levanto y subo la persiana. Hay gente en la calle, caminando apresuradamente. Llueve, y hace viento, pero presiento que va a ser un buen día…

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