divendres, 29 d’octubre de 2010

Mensaje en una botella


Paseando por la playa me encontraba, reflexionando como de costumbre. Ya había perdido la cuenta de los pasos que mis pies descalzos habían dibujado sobre la fina arena, así que decidí detenerme a descansar. Sentada, aparqué mis pensamientos durante unos instantes para poder así deleitarme con la hermosura innata del mar bañado por el rojo atardecer.
Fue entonces cuando, casi por casualidad, divisé un destello entre las aguas. Lo observé, sin mucho interés, pensando que se trataba de un simple reflejo. Poco tardé en salir de mi error, pues una enorme ola se puso en pie y vino a mi encuentro, de una forma poco común, dejando a mis pies una preciosa botella que resultó ser el recipiente de las palabras más bellas y ciertas que jamás haya tenido oportunidad de leer.
Con la impaciencia de una niña ante un presente inesperado, destapé la botella y, con cuidado, saqué el mensaje que contenía; decía lo siguiente...
Lanzo estas humildes palabras al mundo con la esperanza de que sean encontradas por quien esté interesado en leerlas. A ese alguien, nuevo poseedor de su significado, no pongo otra condición que la obligación de difundirlas, pues su mensaje es importante.
Mi vida ha sido larga y difícil, a nadie se la deseo, pero en este instante en el que me encuentro, desde el cual diviso cercano el fin, puedo y debo decir que sin cada uno de los acontecimientos que han tenido su lugar a lo largo de todas mis edades jamás habría sido consciente de lo que a continuación expongo. 
Nací condenada, y condenada abandono este mundo, mas no me arrepiento de haber vivido tal y como lo he hecho. Estoy satisfecha de haber nacido humana, para poder así decir que conozco el sufrimiento y el dolor; 
el horror; 
la traición; 
la tristeza y la mentira, 
la barbarie, la rabia, la decepción y el odio...
Mis ojos me han hecho testigo de hechos tan salvajes, de imágenes tan aterradoras... he presenciado momentos que desearía olvidar pero, al parecer, sus recuerdos estan a gusto conmigo.
En el final de mi divina comedia he comprobado que el ser humano tiene algo que lo hace especial. Somos capaces de lo peor pero también de lo mejor.
Agradezco todos los errores que he cometido, todos los sentimientos nefastos que me reconcomen el alma, sólo por el hecho de ser el contraste de lo mejor, de lo más maravilloso, de algo inexplicablemente hermoso. Agradezco todo cuanto me ha hecho sufrir porque sin su presencia no existiría el amor, ni la alegría;
ni la felicidad;
ni los sueños;
ni la amistad, ni la verdad;
ni la comprensión, ni el respeto, ni la convivéncia...
Tenemos el don de sentir y ser conscientes de cuanto sentimos, de aprender de nosotros mismos a sobreponernos de lo malo, porque sabemos que sin ello no existiría lo bueno.
Mi vida no me ha regalado demasiados momentos buenos; debo decir, sin embargo, que lo que he sentido en esos pocos ha sido tan grande, tan intenso, tan sincero... que merece la pena todo lo malo. Por haberlo sentido en todo su explendor, por haber sido consciente de la capacidad de la mente humana para sentir y analizar, para exprimir lo bueno de la vida que es, precisamente, ese contraste, ese contra y ese pro, ¡ese sí y ese no!


A modo de despedida, deseo de todo corazón que hayáis podido entender mi mensaje. Estamos aquí para vivir y vivir es sinónimo de sufrimiento, pues sin él no hay felicidad,  igual que sin bien, no hay mal. Y, pese a todo, deciros que he entendido porqué la naturaleza decidió permitir que se creara el ser humano: alguien tendrá que poder ser consciente de la magnífica belleza que nos rodea, aunque nos empeñemos en destruirla.


Soñad, sentid, sacad la eséncia humana que tenéis dentro, ¡buscádla! Sólo así aprovecharéis la oportunidad de vivir, de sentir lo que somos, lo que fuimos o lo que debimos ser. 
Aprovechad vuestra mente... es un auténtico regalo que muchos no saben valorar...

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